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Publicaciones, obras y reflexiones.

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Grupo de Ciudadanos Independientes.
 

Ante el sepulcro del Padre Tarín.
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El viernes 18 de noviembre de 2011 me encontraba en la Capilla de las Ánimas ante el sepulcro del Padre Tarín. No sé cuantos instantes habían transcurrido cuando vi a un sacerdote que colocaba boletines de divulgación del venerable jesuita. Me acerqué para interrogarle, y se trataba del vicepostulador de la causa de beatificación del que ya hace más de cien años pasó a la otra vida. Me recordó el caso, irrefutablemente milagroso, de la amiga que quedó embarazada por intercesión del Padre Tarín. El Padre Diego Muñoz me pedía que yo repitiera y ampliara la información que al respecto le envié en verano; una satisfacción para mí, pues demostraba el interés de quien lleva la causa del venerable porque está convencido, como yo, de la intervención divina en el embarazo de Sonia, la asesora laboral que tras ocho años de casamiento no había logrado descendencia. Yo le había entregado a ella una estampa del Padre Tarín para que se acogiera a su mediación, teniendo en cuenta además que en diciembre de 2010 se cumplían 100 años de la muerte del predicador valenciano que culminó su fecunda biografía en Sevilla. Sonia hacía tres años que, junto a su marido, insistía en el objetivo de tener un hijo. Pasó ese trienio, y frustrada ya por no lograr su mayor afán visitó una clínica especializada el 8 de junio de 2010. Tras efectuarse los análisis correspondientes, los facultativos certificaron que el marido era infecundo, y solo con la ayuda de expertos podría conseguirse la fecundación. A fines de julio de 2010 se tomó la determinación de que no quedaba más opción que proceder a una fecundación in vitro, y someterse a un tratamiento previo que se iniciaría en octubre de 2010. Reconozco que al conocer esta noticia sentí cierta frustración, pero, no obstante, insistí a la amiga para que rezara a Tarín, como yo hacía, para que Dios interviniera y no llegase a necesitarse de la ayuda médica. Para asombro de Sonia, de su familia y mío, el 17 de agosto del mismo año me telefoneaba porque se había quedado embarazada. Sin comenzar el tratamiento, sin ayuda de la ciencia. Dios había actuado, y Sonia, una católica no practicante, quiero decir sin posibilidad de que se la tache de beatona ni mucho menos, estaba en cinta. Milagrosamente. Así lo admitía ella, y a continuación toda la familia, porque sólo Dios era capaz de lograr lo que en tres años de dedicación a esa finalidad no se había alcanzado. Y ello ocurría en el centenario de la muerte del hombre santo que todavía no había recibido un favor del cielo que avalara su santidad. Ahora ocurría, y con un asunto que concierne a la juventud europea, no a la africana, porque no cesa de incrementarse en el mundo occidental el porcentaje de los jóvenes estériles, por distintas causas que no es imprescindible ahora analizar. Vuelvo atrás, para aumentar mi alegría, el P. Muñoz me anunció que en esos momentos se encontraba en la casa jesuítica quien durante veinticinco años había sido consultor de la Congregación de las Causas para los Santos. En la penumbra del templo se fusionaba mi mente con sensaciones inefables que auguraban un desenlace favorable para nuestro proyecto. Atravesamos la iglesia, cruzamos la sacristía, y llegamos a una aula presidida por una Inmaculada en la que el consultor impartía un curso de oración. Al término de la sesión, conversé con él y convinimos entrevistarnos a la mañana siguiente. Con la lluvia del sábado entraba de nuevo en la casa donde residió el Padre Tarín, y allí expuse al consultor de la Santa Sede el caso del embarazo de mi amiga. Como un “abogado del diablo” me interrogaba para ver si encontraba en mí alguna subjetividad, algún error, una actitud más imaginativa que real, algún deseo más personal que racional. Esto no era posible. Le mostré mi convicción de que Dios quería que se reconociera este milagro para que se admitiera públicamente que Dios amparaba al Padre Tarín, y que lo hacía para satisfacer la demanda de la iglesia, de comprobar que se ha producido una acción sobrenatural. El consultor, profesor de espiritualidad, admitía que el caso reunía los requisitos para ser reconocido como una intervención divina. Hasta le apunté que el nombre del fruto del matrimonio, Nicolás, era una elección sin precedentes en la familia, una inspiración que habían recibido los padres y que no podían justificar. Sólo sabían que habían pensado en bautizar a su hijo con ese nombre, y nada más. ¿Por qué esa elección?, ¿por qué esa inspiración? San Nicolás trae la Navidad en el norte de Europa, trae al Niño Dios, no había que aclarar más. Hasta en el nombre, Nicolás, se presentaba como una bendición especial. Nació el 4 de abril de 2011, y ahora únicamente esperamos que en el Vaticano reconozcan que el suceso no es de orden natural. ¡Ya va siendo hora! (21-11-2011)